He tardado mucho en compartir esta experiencia.
Durante quince días hice algo que, como maestra y como directora, pocas veces tenemos la oportunidad de hacer: dejar mi colegio, mi rutina y mis problemas cotidianos a un lado para entrar como observadora en otra escuela.
Mi destino fue París💕.
Sí, lo sé. El sueño de cualquier maestra de Francés.
Gracias al programa de Estancias Profesionales para Docentes, tuve la oportunidad de incorporarme durante dos semanas a un ÉCOLE ÉLÉMENTAIRE, una escuela situada en pleno París, con alumnado de entre 6 y 11 años.
Y fui allí con muchas preguntas, nervios y con una ilusión tremenda por sentirme parisina durante dos semanas.
Pero regresé con muchas más preguntas.
Allí aprendí que una estancia profesional no consiste solamente en conocer cómo trabaja otro sistema educativo. Para mí ha sido, sobre todo, una oportunidad para tomar distancia de mi propia realidad y volver a mirarla con otros ojos.
Y eso, después de muchos años trabajando en la misma escuela, es un regalo.
Mi primer impacto: una escuela que no se parece tanto a la nuestra
Lo primero que me llamó la atención fue el propio edificio.
Cinco plantas y un sótano que obligan a organizar la vida escolar de una manera completamente diferente a la que yo conozco. La seguridad y el control de los espacios están muy presentes.
Pero hubo un detalle aparentemente insignificante en el que me fijé desde el primer día: no vi mochilas con ruedas. Nada. Ni una.
Y yo no podía dejar de pensar en mi colegio, donde las mochilas con carro forman parte del paisaje cotidiano. Ese ruido y suciedad por los pasillos, y esos "trastazos" por las escaleras que debes corregir.
Es curioso cómo una cosa tan pequeña puede hacerte consciente de que estás en otro país.
Pero lo verdaderamente interesante vino después.
Aquí no había dispositivos por ningún lado.
Creo que esta fue una de las primeras grandes sorpresas.
En España hablamos muchísimo de digitalización, de dispositivos, de plataformas, de competencia digital, de herramientas educativas, de inteligencia artificial… y de innovación educativa. Y yo misma formo parte de ese mundo.
Sin embargo, allí me encontré con una escuela en la que la tecnología estaba presente, pero no ocupaba el centro del aula.
Las pantallas interactivas se utilizaban de manera puntual y colectiva. El docente proyectaba un texto, realizaba algún cálculo, planteaba una actividad…
Pero no había un dispositivo para cada niño. No había una pantalla esperando a que alguien terminara una tarea.
Y entonces me di cuenta de algo: cuando no hay una pantalla disponible, hay que buscar otras cosas que hacer.
Y esas otras cosas eran libros, cuadernos maravillosos, juegos manipulativos, actividades de razonamiento, conversaciones y lectura.
Los cuadernos
Los cuadernos me llamaron muchísimo la atención.
Nada más ver el primer cuaderno observé una letra impecable desde el primer grupo de alumnos que visité hasta el último, limpieza, orden y una pauta diferente a la que usamos en España: CUADERNO PAUTA FRANCESA.
¡Y todo escrito en bolígrafo desde bien pequeños! Desde la equivalencia a 1.º de Primaria, ellos ya escriben en bolígrafo, pero lo hacen el versión "borrable". Esos bolis los tenían todos los alumnos y yo, por supuesto, me compré uno igual a este (tenía que probarlos: enlace aquí):
Además, todos los cuadernos eran iguales porque los proporcionaba el centro a través de la "Ville de Paris", por eso todos los cuadernos eran de los mismos colores por áreas. Todos igual.
Me llamó mucho la atención que tenían un cuaderno "en sucio". Lo llamaban CAHIER DU JOUR y era donde apuntaban los deberes y practicaban textos, antes de ser pasados a la libreta oficial.
Todo era corregido por las maestras (no coincidí con ningún maestro en este centro, todo eran mujeres), pero absolutamente todo era corregido. Con una tranquilidad en las esperas por parte de la maestra y los alumnos que era admirable.
No había esa sensación de que cada alumno tiene un material diferente, una ficha diferente, un recurso diferente… Las clases se organizaban en torno a "dossiers" de elaboración propia y cuadernos, muy cuidados y muy presentes en el día a día. Apenas vi libros de texto. Tan solo alguno de matemáticas y alguno de lectura para los más pequeños.
Y pensé en cuánto hablamos de innovación educativa y cuánto valor tiene, en realidad, volver a veces a lo esencial.
Un cuaderno.
Un lápiz.
Una explicación.
Una corrección.
Volver a escribir.
Me gustó especialmente esa idea de que el cuaderno no fuera simplemente el lugar donde “se hacen ejercicios”, sino una especie de huella visible del aprendizaje.
Los dictados eran muy habituales y eran un verdadero ritual, con unas pautas muy asumidas y siendo tratado con mucha atención e importancia. Tenía una meta (no un "hacer por hacer" o porque toca).
Se trataba de una práctica diaria de lectoescritura y había algo que me pareció especialmente interesante: el proceso no terminaba cuando el profesor corregía. Si había errores, había que corregirlos y volver a escribir. Y seguir trabajando hasta alcanzar el 100 % de acierto hasta conseguir el 100 % de réussite.
Esto me hizo pensar en cuánto nos preocupa a veces poner una calificación y cuánto menos nos preocupamos por lo que sucede después de esa calificación.
¿Qué hace el alumno con su error? ¿Lo entiende? ¿Lo corrige? ¿Lo vuelve a intentar? ¿Tiene una segunda oportunidad?
Aquello me recordó que corregir no debería ser el final del aprendizaje, sino parte del aprendizaje.
Los dictados aparecían hasta en los horarios del día, los cuales se creaban de forma diaria porque tienen mucha más flexibilidad en cuanto al reparto de áreas y horarios. Una maestra es la encargada del grupo de alumnos y está con ellos TODO el tiempo.
De ahí esa flexibilidad.
¿Y qué hacen cuando terminan la tarea?
Esta pregunta me la hice varias veces.
Porque en nuestras aulas, cuando un alumno termina una actividad, enseguida pensamos en qué podemos ofrecerle después.
Una actividad digital, una tarea de ampliación, un juego en la parte trasera del aula con otro compañero que también ha terminado... Incluso nos genera ansiedad que no tengan tarea y estén "parados".
Allí encontré una respuesta mucho más sencilla: LEER.
Los rincones de lectura estaban llenos de libros. Libros físicos.
Y también juegos de ingenio y materiales manipulativos.
Me pareció una imagen preciosa.
Un niño termina su tarea y no necesita necesariamente que aparezca nada sobreestimulativo (aunque un libro lo puede ser) o una pantalla para entretenerse.
Puede coger un libro.
Puede pensar.
Puede jugar.
Puede esperar.
Y quizá hemos olvidado que saber esperar también forma parte de aprender.
Pero si tuviera que elegir una sola palabra para describir algunas de las aulas que visité, probablemente sería esta: silencio.
No un silencio impuesto a gritos. No ese silencio tenso que aparece cuando el profesor se enfada.
Un silencio aprendido a través de una disciplina bien sembrada. Un silencio que formaba parte de las rutinas y que nutría los momentos de trabajo en el aula.
El alumnado conocía perfectamente qué tenía que hacer y cuándo tenía que hacerlo. Los docentes hablaban con una tranquilidad que me sorprendió muchísimo. No necesitaban elevar la voz constantemente; aunque, por supuesto, que corregían comportamientos inadecuados a los alumnos de forma habitual.
Y no creáis que eran niños "adormilados" ni nada por el estilo. Los veía en el recreo y eran niños como los nuestros: despiertos, inquietos, risueños... Igual. Pero en el aula se respetaba al docente cuando explicaba, se respetaba el tiempo de trabajo... Había momentos de interacción, pero bien dirigidos y sin gritos ni voces alteradas y fuertes.
Y eso me hizo pensar mucho en nuestras aulas. Yo que vivo a un ritmo frenético con mil tareas que hacer siempre y que me cuesta mucho bajar el ritmo, allí lo hice. El entorno me obligó a hacerlo y me alegro mucho de haber sentido esta sensación de que el tiempo pasase más lento.
Creo que, a veces, somos nosotros mismos los que contagiamos de esa "prisa" a nuestros alumnos.
Porque a veces confundimos un aula que aprende con una aula llena de actividades diferentes y recursos variados. Todo rápido. Y el aprendizaje debería ser lento para saborearlo y adquirirlo de forma óptima.
Monsieur, Madame
También me llamó la atención la relación entre alumnado y profesorado.
Y no quiero decir con esto que una relación cercana entre profesor y alumno sea mala. Todo lo contrario. Creo profundamente en la cercanía, en la confianza y en el vínculo.
Pero aquellos días me hicieron pensar que cercanía y autoridad no son conceptos incompatibles. Podemos escuchar a nuestros alumnos. Podemos acompañarlos. Podemos reírnos con ellos. Podemos conocer sus circunstancias. Y, al mismo tiempo, seguir siendo el adulto que guía, organiza y pone límites (¡ay, qué importantes son los límites!).
No hacía falta repetirlo.
No hacía falta pedirlo.
No hacía falta negociar.
Formaba parte de las rutinas.
Y recuerdo haber pensado: “Esto en España, en general, sería impensable” (y me viene más de un padre o madre a la cabeza que estaría en contra de ello porque sería como "vejar" a su hijo... o algo así).
No me sorprende tanto porque nuestros alumnos sean menos respetuosos, sino porque nuestras culturas escolares son diferentes y precisamente por eso me resultó tan interesante.
Esto también se reflejaba en la relación entre docentes y familias, había más respeto en la relación e interacción. Al docente se le hablaba de usted por parte de todos y no se le cuestionaba tanto (por lo menos en este colegio). Yo presencié algunas consultas a la directora en la puerta antes de entrar al centro y predominaba el respeto y la distancia saludable entre ambos. Aunque algunos docentes de este cole, me decían que esto era lo normal, pero que había de todo.
Como directora, llevo años preocupándome por el clima de convivencia, por las normas, por las relaciones y por cómo conseguir que una escuela funcione. Y allí vi que muchas veces la disciplina no tiene por qué ser estridente. Puede estar construida sobre rutinas muy sencillas que todo el mundo conoce y cumple.
El orden
El tiempo parecía ir más despacio
Esta es quizá una de las sensaciones más difíciles de explicar.
Pero durante aquellos días tuve muchas veces la impresión de que el tiempo escolar iba más despacio. El horario también es diferente. Existe una pausa central de alrededor de dos horas para la cantine y el descanso, y dos recreos de 15 minutos. Las jornadas tienen diferentes horarios de salida según el día y el miércoles no hay clase por la tarde.
No estoy diciendo que el sistema sea mejor, pero sí tuve la sensación de que había un ritmo menos acelerado y eso me hizo pensar muchísimo.
Porque en nuestras escuelas tenemos la sensación permanente de que no llegamos. Que hay que terminar el currículo. Que hay que hacer el proyecto. Que hay que celebrar el día de… Que hay que preparar la actividad. Que hay que documentarlo. Que hay que subirlo. Que hay que evaluarlo. Que hay que demostrarlo.
Y mientras tanto, el curso sigue corriendo.
Quizás una de las cosas que más necesitaba yo personalmente era precisamente esa: parar.
Leer. Leer mucho.
También me llamó la atención la importancia que tenía la lectura. La lectura estaba muy presente a través de rincones de lectura y de una gran cantidad de ejemplares variados.
Había muchos momentos destinados a leer, de trabajo sistemático, de actividades alrededor de la lectura y se practicaba (y registraba) la velocidad lectora por su evidencia científica en la mejoría de la comprensión lectora del alumno.
Y otra vez volví a pensar en lo mismo: quizá no necesitamos inventar continuamente nuevas actividades. Quizá necesitamos dar más tiempo a algunas de las cosas que sabemos que funcionan.
Leer.
Escribir.
Practicar.
Corregir.
Volver a intentarlo.
¿No crees?
Además, era destacable que las fichas que los maestros preparaban no eran nada "estimulantes" y la decoración del aula era hecha toda a mano (poco Canva vi por allí...).
Otra manera de entender la inclusión
En cuanto a inclusión, creo (y digo 'creo' porque solo estuve dos semanas) que este sistema deja atrás un poquito a los alumnos con dificultades. Tienen tan estructurado el aprendizaje de la lectoescritura y tan integrado en su día a día que es un ritmo que obliga a subirse al barco sí o sí, y no hay tiempo para dificultades. Tienen recursos humanos como apoyo, puesto que conocí a la maestra "PT", que allí se llama de otra forma y que siempre hace la intervención dentro del aula; a la psicóloga que estudia los casos que observan los docentes; y a la docente que enseñaba francés (aula UPE2A) a los alumnos de otros países. Así, como algunos docentes me comentaron cómo adaptaban el trabajo para algún alumno TEA y alguna dislexia (porque no era muy habitual en el centro).
Uno de los aspectos pedagógicos que más me interesó fue conocer el funcionamiento del aula UPE2A, destinada al alumnado que no tiene el francés como lengua de escolarización.
Me pareció especialmente interesante la flexibilidad del modelo. Los alumnos entraban y salían del aula especializada a lo largo del día dependiendo de las necesidades lingüísticas de cada momento. Se incorporaban a su aula de referencia en materias como Matemáticas, Música, Plástica, Educación Física o Inglés, mientras que recibían un apoyo lingüístico más específico en aquellas áreas en las que la lengua suponía una mayor dificultad. Se juntaban todo el tiempo alumnos de diferentes edades, pero con un mismo objetivo: aprender francés. En España, los alumnos de educación compensatoria reciben a la semana entre 2-4 horas, más o menos. Con estas horas, ¿cuánto tarda el alumno en adquirir la lengua? Mucho, sobre todo cuando el alumno no practica este idioma en casa, siendo conscientes que dentro del aula el docente va sacando tiempo para atenderlos de una forma más personalizada a ratitos, pero con 25 en clase, se complica mucho esa atención.
Aproximadamente, este alumnado pasaba un 60-70% en este aula especializada y eso provocaba más avances.
Y, como maestra, fue una de esas experiencias que te llevas contigo para seguir pensando.
¿Es mejor el sistema francés?
No.
O, al menos, esa no es la pregunta que me traje de París.
Porque allí también vi cosas que probablemente nosotros hacemos de otra manera y que funcionan muy bien.
No creo que la finalidad de una estancia profesional sea volver diciendo: “Tenemos que hacer todo como ellos”.
Creo que es mucho más interesante volver diciendo: “¿Qué de todo esto podría hacernos pensar?”
Y yo me traje unas cuantas cosas.
Cuando regresé a Jumilla, compartí parte de estas reflexiones con mi Claustro, además de ir relatando mi experiencia en Instagram y charlando con muchos de vosotros.
Y fue muy interesante comprobar que muchas de las cosas que me habían llamado la atención en París generaban también debate entre nosotros. Hablamos de los proyectos. De la saturación. De la necesidad de volver a las bases. De las rutinas. Del silencio. De la lectura. De la escritura. Del respeto.
De la importancia de consolidar aprendizajes. De la tecnología y de cuándo realmente aporta valor.
Incluso una profesora de universidad, a la que admiro y aprecio, relacionó mis reflexiones sobre los cuadernos con un libro escrito en 1902 en el que ya se destacaron esta forma de gestionar y utilizar el cuaderno de los alumnos en Francia:
"No os podéis imaginar la importancia que se le da al cuaderno en las escuelas francesas. El cuaderno lo es todo: registro de trabajos escolares, libro con sus notas, cuadros sinópticos y resúmenes compendia los conocimientos que se comunican al alumno, carpstscio de escritura y dibujo, testimonio indudable de toda la labor del maestro y el mejor recuerdo que de la escuela puede conservar el niño". ¡Esto ya se escribió en 1902!
Y quizá esa fue una de las mejores consecuencias de mi estancia:
no traer una receta, sino abrir una conversación.
También aprendí algo como directora
Y esto no estaba en mis planes.
Pensaba que iba a volver con aprendizajes pedagógicos. Y los traje.
Pero también me llevé una enseñanza mucho más personal.
Estar quince días fuera de mi colegio me permitió comprobar algo que, cuando llevas muchos años en un cargo directivo, es fácil olvidar: no todo lo que ocurre en una escuela tiene que pasar por ti.
Hay conflictos que parecen enormes cuando estás dentro y que, cuando tomas un poco de distancia, dejan de ocupar tanto espacio. Hay problemas que necesitan solución y otros que necesitan simplemente perspectiva. Hay cosas que merecen tu energía y otras que no.
Y quizá una de las grandes lecciones profesionales que me llevo es precisamente esa: aprender a marcar una distancia saludable respecto a aquello que no merece desgastarnos.
Y después estaba París
Porque, además de la escuela, estaba...
París.
Los paseos.
Los jardines.
Los museos.
La historia.
Las sillas verdes.
La posibilidad de vivir una ciudad que conozco y quiero desde una perspectiva completamente diferente.
Y hubo momentos especialmente especiales, como la visita al Panteón con el alumnado de CM2, donde pude comprobar que una experiencia educativa puede salir del aula y convertirse en memoria.
Porque una Estancia Profesional es también vivir otra cultura, escuchar otra lengua, conocer otras formas de entender la educación y salir durante unos días de tu propia burbuja profesional.
Lo que me traje de París
Cuando pienso ahora en aquellos quince días (en realidad, fueron 17✌), no recuerdo únicamente grandes diferencias entre el sistema educativo de Francia y España.
Recuerdo pequeñas imágenes: un niño escribiendo en su cuaderno, una estantería llena de libros, una clase en silencio, un profesor que no necesita levantar la voz, los alumnos poniéndose de pie cuando entra la dirección, un dictado que se corrige hasta alcanzar el 100 %, una pantalla utilizada solo cuando realmente hace falta, un alumno que sale de su aula para recibir apoyo lingüístico el máximo tiempo posible, un ritmo que, por momentos, parecía más tranquilo y recuerdo también algo que me parece fundamental: yo estaba allí para observarlos a ellos, pero terminé observándome a mí misma.
A mi manera de enseñar.
A mi manera de dirigir.
A mi manera de entender la innovación.
A nuestra forma de llenar las escuelas de proyectos, actividades y herramientas.
A nuestra dificultad para parar.
A nuestra necesidad de hacer.
Hacer más.
Hacerlo diferente.
Hacerlo innovador.
Quizá París no me enseñó que tengamos que hacer menos.
Me enseñó que, algunas veces, hacer mejor lo esencial puede ser mucho más revolucionario que añadir una cosa más.
Volví con muchas preguntas:
Y, después de casi diecinueve años en las aulas y varios años al frente de un colegio, pocas cosas me parecen tan valiosas como volver a preguntarme:
¿Y si pudiéramos mirar nuestra escuela de otra manera?
Yo tuve la suerte de poder hacerlo y con propuestas de mejora para mi práctica docente.
Y todavía sigo pensando en todo lo que vi.
Y te podría contar muchas más cosas sobre esta experiencia. Si te apetece ver la experiencia de una forma más detallada, te aconsejo que entres a mi perfil de Instagram y veas los destacados que hice sobre las estancias:



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